martes, 29 de junio de 2010

Carta a don Manuel Fraga


Don Manuel: Le debo esta carta que la inicio recordando un hecho que usted habrá olvidado. Lamento que exija una larga introducción. Es indispensable para centrar el tema que trato.
En enero de 1966 inicié en Madrid la publicación de una revista con el nombre de “Restauración”. Eran tiempos de censura, discriminación religiosa, antiprotestantismo, usted lo sabe. Carecía de respaldo legal. Me limité a enviar una carta simple al Ministerio de Información y Turismo que usted presidía solicitando autorización. Nunca obtuve respuesta. En febrero de 1967 recibí una invitación de la Sociedad General de Autores de España para asistir al homenaje que se tributaba a un escritor en el famoso Hotel Ritz de Madrid. Yo me sentía perdido entre tantas eminencias. Allí estaba usted. Por entonces era ministro de Información y Turismo, cargo que ocupó desde 1962 a 1969. Nunca lo supo, pero yo estuve espiando sus movimientos en espera de poder acercarme a usted. La ocasión se presentó cuando se dirigió para firmar en el libro que los organizadores del acto habían expuesto en un rincón del salón. Me adelanté. En lugar de rubrica, estampé con grandes letras mi nombre y primer apellido. Luego pasé a usted mi pluma. Se vio obligado a escribir bajo mi nombre. Al devolverme la pluma preguntó: -¿Es usted Juan Antonio Monroy? -Sí, señor ministro- respondí- Aprovecho esta ocasión para decirle que hace un año solicité a su ministerio autorización para publicar una revista protestante y aún no he obtenido respuesta. Usted me miró fijamente. Antes de dar media vuelta, respondió: -Tampoco se la hemos prohibido. Cuando comuniqué el incidente a mi amigo José Cardona, a quien usted conoció, comentó: -Estás salvado, Monroy. Ya puedes seguir publicando la revista sin miedo. No te la han autorizado por escrito porque aún no existe una legislación en la que basarla. Pero las palabras de Fraga equivalen a una autorización verbal. Si un partido político contrario al régimen hubiera hecho lo que tú, desde el primer número estarían sus dirigentes en la cárcel. Ahí queda. Me decidí a escribir esta carta cuando hace pocos días le vi en televisión empujado en silla de ruedas por pasillos del Senado. Claro, tiene usted 88 años. Pero bien vividos. Ha sido un caso único en cuanto a capacidad de estudio y de memoria. Alfonso Guerra dijo una vez que usted tenía el Estado en la cabeza. A los 26 años ya era catedrático titular de Derecho Político de la Facultad de Valencia. Aunque jamás he militado en partido alguno, mis ideas políticas no coinciden con las suyas. Pero en esta carta no me dirijo al político. Escribo al hombre. Las ideas no deben convertirse en cadenas. Uno debe considerarse lo suficientemente libre para reconocer los méritos del contrario y estar dispuesto a decir gracias. No escribo en nombre de los protestantes españoles. Mantengo interés en dejar esto claro, muy claro. Escribo en mi propio nombre, aunque me consta que un número importante lo aprobaría. En aquel equipo gubernamental que debatió la primera Ley de libertad religiosa, finalmente aprobada en junio de 1967, los protestantes tuvimos a tres hombres del régimen que apostaron a favor de una Ley que nos concediera derechos que se nos estaban negando. Fueron Fernando María de Castiella, José Solís Ruiz y usted mismo. En aquellos tiempos de hierro ustedes tres representaban el ala liberal del Gobierno frente al integrismo católico y político. Cuando Castiella, que era ministro de Asuntos Exteriores, presentó el primer borrador del proyecto en una reunión ministerial celebrado el 10 de febrero de 1967, seis ministros manifestaron su oposición abandonando el salón de reuniones. El ministro del Interior, Camilo Alonso Vega, dijo que la libertad religiosa sólo acarrearía problemas. Federico Silva muñoz, ministro de Obras Públicas, añadió que “conceder libertad religiosa a las sectas minoritarias contribuiría a quebrantar la unidad espiritual española”. Frente a sus compañeros de Gobierno, Solís y usted se mantuvieron firmes en defensa del proyecto de Ley. Los tres refutaron por orden las 239 enmiendas presentadas al texto de Castiella. Cuando el 26 de junio de 1967 las Cortes aprobaron definitivamente aquella Ley incipiente, con sólo nueve votos en contra, ustedes respiraron satisfechos. Créame que en su día todo esto lo seguimos paso a paso y en reuniones de dirigentes protestantes reconocimos la valiosa aportación de ustedes tres, católicos sinceros y practicantes, pero con mentes abiertas al reconocimiento de los derechos ajenos. Años más tarde, en abril de 1977, en respuesta a preguntas de “Restauración”, usted recordaba su apoyo a la Ley de libertad religiosa. Decía: “Fui de los ministros que lucharon a fondo (con el llorado Castiella) para lograr la ley actual”. Admitía que la Ley del 67 supuso un gran progreso “no suficientemente reconocido por algunas minorías” protestantes. Verdad. Aquella Ley dividió en dos a la clase protestante española. Fue una injusticia de la que luego se arrepintieron los provocadores, que con el tiempo acabaron aceptándola y hasta bendiciéndola. En aquella entrevista, en contra del sentir de la jerarquía católica, usted afirmaba que no era “partidario de la confesionalidad, sino de la mutua independencia, y de una cooperación inteligente y eficaz”. De 1978 se discutía el entonces polémico artículo 16, en el que se decía que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones”, otra vez saltó la alarma entre los políticos integristas. No les bastaba con que la Iglesia católica se hubiera colado en el texto constitucional, con mención específica, al igual que siempre desde que España es España, sino que clamaron al cielo (¿al cielo?) ante la posibilidad de que el Estado pactara con protestantes. Como en el 67, usted salió en defensa de la libertad. En entrevista concedida a Pilar Urbano dijo a la periodista: “Este artículo se basa en la libertad religiosa, que es principio básico del pensamiento cristiano, y en el reconocimiento del hecho histórico y sociológico, con los grupos relevantes a atender a las creencias mayoritarias”. Hubo algún obispo que a punto estuvo de pedir su excomunión. Y ¿ahora qué, don Manuel? Nada le digo que no sepa: Usted anda ya por los últimos tramos de ese camino que, según el sufrido Job, no tiene regreso. Está establecido al ser humano que muera, dice la Escritura inspirada. Y añade que no valen armas en esta guerra. La batalla contra la muerte la tenemos perdida desde el instante de nuestra llegada a la tierra. En la “Canción de Rolando”, el protagonista “siente que la muerte se apodera totalmente de él. De su cabeza desciende hacia el corazón…..siente que su tiempo se ha acabado”. Ese es el destino del hombre en la tierra. ¡Qué le vamos hacer! El profeta Amós tiene en su libro un texto de advertencia para navegantes despreocupados. Les dice: “Prepárate para venir al encuentro de tu Dios”. ¿Está usted preparado señor Fraga? Sé que toda su vida ha sido un hombre creyente, fiel a sus principios católicos. De religión lo sabe usted todo. De religión anda usted sobrado. Pero aquí no se trata de religión. El consejo de Amós no es para católicos ni para protestantes. Es para todo individuo cercano al gran paso. ¿Le bastará a usted con la última confesión y el último perdón de pecados? Si es así, nada digo. Si a la final jornada otra luz le ilumina, acuda a la Biblia, que usted conoce bien. Saludos afectuosos, Juan Antonio Monroy
J.A. Monroy es escritor y conferenciante internacional.

No hay comentarios:

Publicar un comentario