jueves, 12 de noviembre de 2009




Ha saltado, una vez más (y van...) la cuestión de los símbolos religiosos en los espacios públicos, en este caso las aulas de los colegios. El debate, también como siempre, se ha interpretado desde el punto de vista católico como un ataque a su confesión, y ha sido respondido desde el laicismo con diferentes tonos, entre la acritud y la antireligiosidad. Los protestantes, como ocurre a menudo, nos encontramos entre las “balas” del fuego cruzado de ambos bandos.





En cuanto al catolicismo, quitando personas y entidades razonables, se hace un bastión de “Santiago y cierra España” a un hecho que es de simple lógica y justicia.

Antes de entrar en materia, queremos aclarar que el cristianismo evangélico no tiene símbolos religiosos, y por lo tanto carece de crucifijos por la imagen del Jesús clavado en el madero, pero sí es usual ver la cruz presidiendo los templos. Pero podemos afirmar que -sin existir identificación- sí que no hay animadversión contra el crucifijo; pero defendemos su ausencia de la misma forma que defenderíamos que no haya símbolos religiosos musulmanes en las escuelas públicas de los países islámicos. Una pretensión que tristemente parece lejos de la realidad tanto en la Europa católica como en los países árabes. ¿Por qué? Porque nadie renuncia a su cuota de poder fáctico.

Se habla desde el catolicismo que el crucifijo representa la cultura española. Esto nos retrotrae al momento de la Reforma protestante. Su influencia religiosa, social y cultural fue desarraigada de España; y no expulsando a extranjeros, sino aniquilando y llevando al exilio a muchos españoles (se conmemoran los 450 años de las Autos de Fe de Valladolid y Sevilla). Se les negó a estos ciudadanos su derecho a la libertad de conciencia y a una fe diferente a la oficial, y se borró su memoria por el mecanismo del terror del Santo Oficio, que impuso una España culturalmente monolítica, de blanco y negro, uniconfesional, y de identidad católico-romana. España o era católica o no era.

No hablamos desde el rencor, pero si desde la realidad de que aunque aquella España terminó, se mantienen aún rescoldos, como este deseo de que se perpetúe el uso del espacio público con el sello de la “denominación de origen” católica de una España que ya no es. Se está queriendo defender un principio que se origina en el terror, la tortura, la exclusión y la tiranía cultural, social y política durante siglos.

Yendo a tiempos más recientes, el mismo franquismo supuso para muchos una fusión del crucifijo y el poder militar y político absolutos. Sólo por esto, un gesto restaurador por parte del catolicismo actual creemos que supondría dar un gesto e imagen diferentes, una señal de que algo ha cambiado en la jerarquía católica en su concepto de relación con la sociedad.

Por otro lado, como decíamos, y desde nuestra perspectiva de laicidad respetuosa con todas las confesiones y formas de creer y no creer, es fundamental que no se utilice esta necesidad de una España pluriconfesional y laica con un mecanismo antireligioso.

Como bien dice Jaume Llenas (Secretario general de la Alianza Evangélica Española) “reconociendo y defendiendo la ausencia de símbolos religiosos en la esfera de las instituciones públicas, hay grupos que aprovechan este debate para no sólo quitar las simbologías -en lo que coincidiríamos- sino para ir un paso más y expulsar a la voz de la moral religiosa del debate público, que es algo muy distinto”. Y esto es grave, porque piensa Llenas que “el debate público debe formarse del conjunto de las opiniones y grupos de la sociedad, tengan o no tengan posturas religiosas. Las leyes, la conciencia social, debe ser resultado de la participación libre e igualitaria de todos los ciudadanos, cristianos y no cristianos. Y a veces hay agendas ocultas que usan un terreno como el de los símbolos religiosos para expulsarlos del debate público” social y político.

Resumiendo y concluyendo, el espacio público es de todos; y esto implica tanto ausencia de símbolos religiosos como el no impedir que todas las confesiones -como un grupo social más- participen en la vida pública.


Protestantedigital España




1 comentario:

  1. El Antonio Moreno Rosales parece Babel. Es la una, acaba de terminar el primer día de clase y los padres se acercan a recoger a sus hijos. Velos, minifaldas, saris... En este colegio del barrio madrileño de Lavapiés alrededor de un 92% del alumnado es inmigrante. Más de 25 nacionalidades se agrupan en este antiguo centro de unos 290 alumnos de tres a 12 años. "Es un reflejo del barrio, uno de los más multiculturales de Madrid", asegura el director, José Manuel Laureiro. El año pasado sólo había 12 alumnos españoles.

    Roser Puig

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