miércoles, 3 de noviembre de 2010

Cuando la paciencia se acaba


Hay un momento en que la paciencia se acaba, inclusive para personas como el que suscribe, habituadas a los malos olores del basural eclesiástico.
Conscientes de las debilidades humanas –todos somos pecadores- no nos mueve ningún rasgo de angelismo. Cuando el hombre quiere ser como el ángel, dice Pascal, termina siendo como la bestia.
Sabedores de la dificultades que implica el gobierno del clero en tiempos de crisis, de confusión, etc. tampoco pretendemos negar que muchas veces la prudencia y la caridad obligan a los superiores a silenciar ciertos pecados a fin de dar al pecador una posibilidad de arrepentimiento que todos deseamos se nos conceda, en particular en nuestro último minuto de vida.
Pero hay límites para la paciencia y un apremiante llamado del deber cristiano a contribuir en el bien común del Cuerpo Místico de Nuestro Señor.
En el caso de Mondoñedo:
El juez debe reconocer que no actuó como Dios manda, sino que se dejó llevar por falsedades y maquinaciones.
El ex-sacerdote (no debemos considerar sacerdote a quien toca la Hostia con manos sucias de lujuria) debe deshacer el matrimonio que convierte en bígama a la mujer objeto de su pasión; y, después de eso, deberá decidir si vuelve al rebaño que conduce el Señor o si prefieres una cuestión de justicia para todos los humanos, creyentes o no, católicos o ajenos al catolicismo romano. En tu caso se trata de que juez y testigos parecen parte contraria, y la Iglesia debe quedar libre de sospechas. Si algunos de sus miembros abusan de otro, el resto no tiene por qué quedar manchado por el abuso.
No puedo apartar de mi mente la vergüenza de tu historia con la mujer que no supo ser casta en el matrimonio, el sacerdote concupiscente que la indujo a pecar, la trampa en la que vivieron -y viven, sin temor de Dios- y la cobertura que les dieron otros miembros de la Iglesia, sobre todo uno tan significado como el que celebró la ceremonia de acogida en la comunidad cristiana a los que sólo habían establecido vínculo civil.

Como fieles católicos nos vemos en la necesidad de hacer referencia a este caso y pedir a las autoridades competentes que se garantice que dicho individuo, que se aprovechó de la debilidad del esposo de su amante que le había acogido en su casa ingenuamente no continúe haciendo daño a las almas, ni generando escándalo y sea suspendido A Divinis.
Solicitamos también de la autoridad eclesiástica competente pruebas de buena voluntad, de disposición a tomar seriamente el caso, y dar a los tantos curas amancebados o abusadores de que tenemos noticia, señales de que se pondrá énfasis en restituir la disciplina eclesiástica por el bien de sus almas y de las almas de los feligreses.
Quede claro: queremos pruebas concretas de buena voluntad de los superiores. Pruebas tangibles de que no solo se
pondrá coto a la impunidad de los malos sacerdotes, sino también a la persecución de los buenos y piadosos.

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